Los Siete hermanos y Santas Felicitas (Mártires del siglo II)

 

Felicitas era una mujer ilustre que habitaba en Roma en la época del imperio Romano en el siglo II.  Había quedado viuda y con siete hijos varones: Genaro, Félix, Felipe, Silvano, Alejandro, Vidal y Marcial.

Era una cristiana auténtica y al quedar viuda se había consagrado a Dios, vivía dedicada a la oración y las obras de caridad para con los más necesitados. Según la tradición, su ejemplo y el de sus hijos, hicieron convertir a la fe cristiana a numerosos conocidos suyos que vivían en la idolatría.

Las autoridades romanas y también los sacerdotes paganos preocupados por una serie de calamidades sucedidas en el Imperio, pensaron que lo más conveniente sería ofrecer sacrificios a los dioses para aplacar las desgracias.

Atrapados y aturdidos por supersticiones los convencieron de que debían presionar a los cristianos a que sacrificaran a los dioses.  Entre ellos estaba Felicitas, conocida en la ciudad por las numerosas conversiones que obraba.  Algunos sacerdotes pensaban que no había modo de aplacar a los dioses hasta que Felicitas ofreciera, junto con sus hijos los sacrificios.

El emperador Marco Aurelio dejó el asunto en manos de Publio, prefecto de Roma, quien mandó que la madre y sus hijos compareciesen ante él. Tomó aparte a Felicitas y trató por todos los medios de inducirla a ofrecer sacrificios a los dioses para no verse obligado a imponerle el castigo a ella y a sus hijos. Pero la Felicitas respondió: “No trates de atemorizarme con tus amenazas ni de ganarme con tus halagos, porque el Espíritu de Dios, que habita en mí, no permitirá que me venzas,  sino que me sacará victoriosa de todos tus ataques.” Publio replicó: “¡Infeliz de ti! ¡Si lo que quieres es morir, muere en buena hora pero no mates a tus hijos!” “Mis hijos, respondió Felicitas, vivirán eternamente si permanecen fieles a la fe, pero si ofrecen sacrificios a los ídolos, les espera la muerte eterna”.

         Al día siguiente, el prefecto mandó llamar de nuevo a Felicitas y sus hijos y dijo a ésta: “Apiádate de tus hijos, Felicitas, pues están en la flor de la juventud”. La santa replicó: “Tu piedad es impía y tus palabras crueles”. En seguida, se volvió hacia sus hijos y les dijo: “Hijos míos, levanten los ojos al cielo, donde los esperan Jesucristo y sus santos. Permanezcan fieles a su amor y luchen valientemente por sus almas”. Publio se encolerizó al oír esas palabras y replicó airadamente: “es una insolencia que hables así a tus hijos en mi presencia, tanto como tu desobediencia a las órdenes del soberano, por lo tanto, serás castigada”. A continuación, mandó que la azotaran. El prefecto llamó entonces, por separado, a cada uno de los jóvenes y trató de conseguir, con promesas y amenazas, que adorasen a los dioses. Como todos se negaron, ordenó que los azotaran y los encerraran en un calabozo. El prefecto informó del caso al emperador, el cual mandó que fuesen juzgados por jueces diferentes y condenados a diversos géneros de muerte. Genaro murió destrozado por los látigos; Félix y Felipe perecieron a golpes de mazo; Silvano fue arrojado al río Tíber; Alejandro, Vidal y Marcial alcanzaron la corona por la espada. Finalmente también Felicitas, después de haber visto morir a sus hijos, fue decapitada.  Era la época del imperio de Marco Aurelio, el 162 de la era cristiana.  Fue sepultada en Roma en el cementerio de Máximo de la vía Salaria nuova.1

         A propósito de la muerte de Santa Felicitas, San Agustín (354-430) dice: “El espectáculo que se presenta a los ojos de nuestra fe es magnífico. Hemos oído y visto con la imaginación de esa madre que, contra todos sus instintos humanos, escoge que sus hijos perezcan en su presencia. Pero Felicitas no abandonó a sus hijos, sino que los envió por delante, porque consideraba la muerte, no como el fin de todo, sino como el principio de la vida. Estos mártires renunciaron a una existencia que debía terminar forzosamente, para pasar a una vida que no termina jamás. Pero Felicitas no se contentó con ver morir a sus hijos, sino que los alentó a ello y, al hacerlo, consiguió que su valor fuese todavía más fecundo que su seno. Al verlos luchar, luchó con ellos y la victoria de cada uno de sus hijos fue su propia victoria”.

El papa San Gregorio Magno (540-604) predicó en el día de la fiesta de Santa Felicitas, en la iglesia que se levantó sobre su tumba, ubicada sobre la Vía Salaria en Roma. En dicha homilía dijo que Felicitas “que tenía siete hijos, temía que alguno le sobreviviese, como otras madres temen sobrevivir a sus hijos. Su martirio, decía,  fue mayor, ya que, al ver morir a todos sus hijos, sufrió el martirio en cada uno de ellos. Ella fue la última en morir; pero desde el primer momento sufrió, de suerte que su martirio comenzó con el del primero de sus hijos y terminó con su muerte. Así ganó no sólo su propia corona, sino la de todos sus hijos. Al presenciar sus tormentos Felicitas permaneció constante, sufrió, porque era madre, pero se regocijó porque poseía la esperanza. En ella, la fe triunfó sobre la carne y la sangre, cuando en nosotros no es capaz de vencer las pasiones y arrancar nuestro corazón de este mundo corrompido.”2

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Notas:

[1] Martirologio romano, 640.

[2] Gregorio Magno, Homilía III in Evangelium; Patrología Latina, 76, 1086.


BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
Allard, Paul, Dix leçons sur le martyre, Paris4 1905.
El martirio, Madrid 1926.

Bardy Gustave, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Madrid, 1990

Institutum Patristicum Agustinianum, Diccionario Patrístico y de la Antigüedad Cristiana, 2 v., Salamanca, Sígueme, 1991.

Marrou Henry I., La persecution du christianisme dans l’empire romain, Paris, 1956. 

Martirio de Santa Felicidad y de sus siete hijos, bajo Marco Aurelio y Lucio Vero en Ruiz Bueno D., Acta de mártires, Madrid 4, BAC, 1987.

Testini Paolo, Archeologia christiana, Bari, 1980, 123-139.

 
 
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